Promesa cumplida.

VER:
Una promesa es un compromiso firme de hacer o dar algo a alguien. Quien hace una promesa se obliga voluntariamente a cumplirla, ya sea personalmente o a través de terceros, poniendo los medios materiales y humanos necesarios para cumplirla. El valor de una promesa, la garantía de su cumplimiento, es mayor cuanto más de fiar sea quien nos hace la promesa; por eso, el incumplimiento de la promesa supone una gran decepción, nos sentimos traicionados.
JUZGAR:
Hoy estamos celebrando a san José, el esposo de la Virgen María, el padre terrenal de Jesús. Y en la 2ª lectura hemos escuchado varias referencias a una promesa: Recibieron Abrahán y su descendencia la promesa de que iba a ser heredero del mundo…
Quien hace la promesa es Dios, por eso está asegurada, y Abrahán es quien recibe en primer lugar esa promesa de Dios, concretada en una descendencia y un territorio.
Y, a partir de él, la existencia de pueblo de Israel se fundamenta en esa promesa de Dios. La promesa está asegurada para toda la descendencia… porque es el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe. Y el transcurso de la historia del pueblo de Israel muestra cómo Dios ha mantenido su promesa a pesar de las infidelidades del pueblo, y cómo ha ido guiando a su pueblo por medio de sus enviados para mantener y actualizar esa promesa hasta que llegue su cumplimiento.
Así, en la 1ª lectura hemos escuchado que el rey David también recibe una promesa: Al que salga de tus entrañas le afirmaré su reino. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino se mantendrán siempre firmes ante mí, tu trono durará para siempre. Ahora la promesa adquiere una dimensión especial: ya no se trata sólo de una descendencia y un territorio, aparece ya la promesa de un Mesías, un Ungido, un “Cristo”, que vendrá y traerá la paz y la liberación definitivas para el pueblo.
La promesa de Dios se cumple en Jesús, y san José es una pieza clave en el plan de Dios.
El Evangelio que hemos escuchado comenzaba diciendo que Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. Es el final de la genealogía de Jesús que recoge el evangelista san Mateo, con la que pretende mostrar que el nacimiento de Jesús ha sido preparado por Dios desde antiguo, mostrando que en Jesús se cumple la promesa hecha a Abrahán y David.
Pero la intervención de san José en el cumplimiento de la promesa no se limita sólo a “dar legalidad” a su nacimiento (tú le pondrás por nombre Jesús). De él hemos escuchado que era justo, algo que en el lenguaje Bíblico va mucho más allá de los aspectos jurídicos; significa actuar conforme a la voluntad de Dios, fiándose de Él por encima de todo, “ajustándose” a lo que Dios pide o espera. Por eso José, al conocer el embarazo de María, en un primer momento decidió repudiarla en privado; pero, por ser “justo”, acogió el plan de Dios, por sorprendente que fuese (la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo) y, cuando José se despertó hizo todo lo que le había mandado el ángel del Señor.
Y también resulta clave el modo en que José hizo lo que Dios esperaba de él. El Evangelio no nos transmite ni una sola palabra de José. Él hizo lo que Dios le pedía desde su vida sencilla y normal como carpintero, en la pequeña población de Nazaret, acompañando siempre a María y a Jesús de un modo fiel, callado, sin protagonismos.
ACTUAR:
Nosotros somos el nuevo Pueblo de Dios y nuestro ser y misión se fundamenta en la promesa que Dios había hecho desde antiguo y en su cumplimiento. Un cumplimiento que “ya” se ha producido en Jesús pero que “todavía no” ha llegado a su plenitud.
Dios cuenta con nosotros, como contó con san José, para que actualicemos el cumplimiento de su promesa. Y de san José necesitamos aprender a ser “justos”, a “ajustarnos” a la voluntad de Dios, una voluntad que podemos discernir desde la escucha y la oración, como hizo san José, aunque eso suponga tener que cambiar nuestros planes, nuestros esquemas y prioridades. Y de san José necesitamos aprender a cumplir la voluntad de Dios en la normalidad de nuestra vida, de un modo sencillo, sin buscar protagonismos. Que san José nos enseñe y ayude a acoger en nuestra vida a María y a Jesús, para que el cumplimiento de la promesa de Dios siga avanzando hacia su plenitud.
