


Dar esperanza en la tristeza

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Un domingo fui a visitar a una persona enferma, que siempre ha formado parte de la comunidad parroquial. Después de una vida bastante dura, llevaba varios años encadenando problemas de salud, sufriendo cada vez más complicaciones y sin perspectivas de mejoría, al contrario. El Evangelio de ese día era el que acabamos de proclamar, y esta persona enferma, al terminar de escucharlo, preguntó entre lágrimas: “¿Y entonces es que a mí el Señor no quiere curarme?”
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Cansancio

VER:
Una laica, comprometida en su parroquia, comentó con cierto cansancio: “Esta tarde tengo dos reuniones. Me gustaría acudir a todo, pero es imposible. Llego hasta donde llego”. Es una experiencia muy común, porque ser cristiano coherente no consiste en “cumplir” el precepto dominical y vivir la fe de modo intimista y pasivo. Ser cristiano coherente es ser discípulos y misioneros, corresponsables en la misión evangelizadora. Y se es corresponsable no sólo mientras se lleva a cabo algún compromiso evangelizador, sino en todo momento y en todos los ámbitos de la vida. Ser cristiano coherente en la vida cotidiana requiere un esfuerzo añadido al esfuerzo que ya supone la propia vida, y por eso nos acabamos cansando.
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