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En ocasiones nos encontramos con personas, conocidas o desconocidas, y en un momento dado “sentimos” que deberíamos compartir con esa persona nuestra experiencia de fe. Pero suele ocurrirnos que no sabemos cómo hacerlo, nos vemos inseguros, tenemos miedo de la reacción de la otra persona… y optamos por callamos. Pero nos queda una “mala conciencia” por no haber sabido o no habernos atrevido a dar testimonio más explícito de nuestra fe.
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