Desear ser «viudas».

VER:
Una persona viuda es aquélla que ha perdido a su cónyuge y no se ha vuelto a casar, y la mayoría son mujeres. Las viudas siempre han sido un grupo social especialmente vulnerable. Hasta no hace muchos años, ser viuda era sinónimo de pobreza ya que, además de la pérdida personal y afectiva que sufría, si la viuda no había ejercido un trabajo remunerado y dependía económicamente del cónyuge fallecido, quedaba en una situación bastante precaria, más aún si tenía hijos pequeños.
JUZGAR:
En la Biblia, encontramos numerosas referencias a las viudas. Al morir el esposo, si no tenían hijos adultos que las mantuvieran, muchas caían en la pobreza extrema. Por eso, son objeto de una especial predilección por parte de Dios, como se ve reflejado en los muchos mandatos bíblicos relacionados con el cuidado de las viudas. Y también se resalta la fe de estas mujeres, presentándolas como ejemplos de confianza total en Dios.
En la 1ª lectura hemos escuchado el pasaje de la viuda de Sarepta que, además, tiene un hijo. Su situación es muy angustiosa: me queda sólo un puñado de harina y un poco de aceite… prepararé el pan para mí y mi hijo, lo comeremos y moriremos. Pero confía en la palabra de Dios expresada por boca del profeta y comieron él, ella y su familia. Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó.
Y en el Evangelio Jesús destaca que esa viuda pobre, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir. La viuda, en su pobreza material, demuestra una riqueza espiritual inmensa. Su acto de dar todo lo que tiene es un testimonio de total confianza en Dios.
La viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas “todo lo que tenía para vivir”. Jesús enfatiza que la viuda no dio de su abundancia, sino de su pobreza, Jesús elogia a la viuda por la fe y la entrega total que su acto representa.
Estas dos viudas nos cuestionan para examinar nuestra confianza en Dios. La confianza es la base sobre la cual construimos nuestra relación con el Señor y determina en gran medida nuestra experiencia personal de fe, en lo cotidiano y en lo extraordinario.
Creer en Dios no es simplemente aceptar su existencia; tampoco es vivir una despreocupación que es casi irresponsabilidad, creyendo que Dios hará lo que nosotros le pedimos. Creer en Dios es confiar en Él, es una entrega completa de nuestro ser, de nuestras esperanzas y preocupaciones. Es creer que Él sabe lo que es mejor para nosotros, aunque las circunstancias parezcan indicar lo contrario y aunque no lo comprendamos ni veamos sus signos.
La confianza en Dios nos ayuda a afrontar las dudas y los temores que inevitablemente surgen en el camino de nuestra vida, con la certeza de que no estamos solos, recordando que Dios no nos promete una vida sin dificultades, pero sí nos asegura su presencia y su amor en medio de ellas.
La historia de la viuda de Sarepta y la del Evangelio nos enseña a confiar en Dios incluso en las situaciones más extremas, ya que la verdadera confianza se manifiesta precisamente en los momentos más difíciles. Por eso, hoy se nos invita a “desear ser viudas”, desear vivir nuestras pobrezas materiales, humanas y espirituales desde la confianza en Dios, como ellas.
ACTUAR:
¿Soy una persona confiada o desconfiada? ¿Cómo evalúo mi confianza en Dios?
Humanamente, confiamos en quien conocemos. Para cultivar la confianza en Dios es indispensable conocerle a través de la oración y la meditación de la Palabra de Dios. También es necesario reconocer y recordar la fidelidad de Dios en nuestras vidas, cómo Dios ha actuado en el pasado, cómo nos ha guiado, reforzando así nuestra confianza en que seguirá haciéndolo en el futuro.
Pero llega un momento en que, como estas dos viudas, hemos de realizar un acto de abandono total casi “a ciegas”, “echando en sus manos todo lo que tenemos para vivir”. El ejemplo de las dos viudas que hoy nos ha mostrado la Palabra de Dios nos recuerda que la fidelidad de Dios supera nuestra comprensión y nuestras expectativas. “Deseemos ser viudas”, como ellas, para que también en nuestra vida podamos experimentar la fidelidad de Dios cuando le confiamos de verdad todo lo que somos y tenemos.
