


Contempla y disfruta el momento.

VER:
Una tarde, al cruzar una avenida que está orientada hacia poniente, un peatón aprovechó para sacar una fotografía de la puesta de sol, que era muy bonita: el sol estaba bajo y se veía grande, no deslumbraba, había algunas nubes y el cielo ofrecía distintos tonos de colores rojos y anaranjados. Cuando contemplamos algo así, no nos detenemos a pensar que eso se debe a la dispersión de la luz solar al atravesar con mayor inclinación la atmósfera, que deja pasar sólo los tonos cálidos porque son de onda larga… Simplemente, como ese peatón, disfrutamos el momento, porque tiene efectos beneficiosos en nuestro cuerpo, mente y espíritu, nos alegra, nos relaja y nos da paz.
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“Pueblo de Dios que sale al encuentro”.

VER:
Normalmente estamos ocupados en atender las cosas de cada día, con su carga de trabajo, quebraderos de cabeza… Y, sin darnos cuenta, va pasando el tiempo: días, semanas, meses, años… pero llega un momento en que nos preguntamos: “Y todo eso, ¿para qué?” Es una pregunta que muchas veces no nos hacemos, pero que es muy importante: es la pregunta por la finalidad, el objetivo de lo que hacemos cada día y que tanto nos absorbe. Y, si no encontramos una respuesta válida, todo eso acaba convirtiéndose en una rutina sin sentido que no nos lleva a ninguna parte.
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