




Tenemos que hablar.

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Se iba a realizar un encuentro diocesano tras el verano, y ya en el mes de junio, cuando todavía no había acabado el curso pastoral, los organizadores se decían unos a otros: “Tenemos que hablar, ¿eh?” La preparación de dicho Encuentro no podía dejarse para más adelante, había que ir hablando para concretar ya todo lo necesario; de lo contrario, llegaría la fecha pero las prisas, imprevistos y contratiempos harían que el Encuentro no estuviera debidamente preparado.
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