Marcados.

VER:
Hay personas a las que, sin que lo especifiquen, “se les nota” en qué ambientes han crecido o qué trabajo han realizado o realizan, porque hay circunstancias del entorno familiar, educativo, laboral… que nos “marcan”. Quizá no seamos muy conscientes de esas circunstancias, pero lo cierto es que influyen poderosamente en la formación de la personalidad, y determinan el modo en que nos desenvolvemos en nuestra vida y, por tanto, se manifiestan en nuestras obras.
JUZGAR:
Hay una circunstancia de la que no solemos ser muy conscientes, y que debería habernos “marcado” y determinar completamente el modo en que nos desenvolvemos en nuestra vida: el Bautismo. La mayoría lo hemos recibido de pequeños y no hemos caído en la cuenta (ni nos lo han recordado lo suficiente) de la importancia que tiene este Sacramento, el primero de los siete.
Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor y, contemplando a Jesús recibiendo el Bautismo, debemos recordar algo que a menudo pasamos por alto: «El Bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble (“carácter”) de su pertenencia a Cristo.» El Bautismo nos “marca” para siempre, y esto no es sólo un concepto teológico: es algo que afecta, o debería afectar, a toda nuestra vida, porque si el Bautismo nos “marca” o imprime carácter, eso significa que nuestras palabras, pensamientos, decisiones, acciones… deben manifestar este “carácter”, siendo fieles al Bautismo recibido.
Hemos escuchado que apenas se bautizó Jesús, se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre Él. Y vino una voz de los cielos: “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Contemplando a Jesús en su Bautismo, vamos a recordar lo que nos ofrece este Sacramento:
Es el fundamento de toda la vida cristiana.
Nos da una vida nueva como hijos de Dios, capaces de creer en Él, de esperar en Él y de amarlo.
Nos une a la muerte y resurrección de Cristo.
Nos concede poder vivir y obrar guiados por el Espíritu Santo.
También nos incorpora a la Iglesia, y nos hace partícipes de su misión evangelizadora.
Todo esto debería “marcarnos” y ser determinante para desenvolvernos en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, no solemos tener presente todo lo que hemos recibido en el Bautismo; suele quedar como “algo del pasado”, y son multitud los que lo recibieron en su día pero ahora no influye para nada en su vida. Y demasiadas veces lo que participamos asiduamente en la vida de la Iglesia pero vivimos una fe superficial, cómoda, rutinaria, de mero cumplimiento.
Sin embargo, como indica el Catecismo, «en todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo» (1254). El Bautismo nos compromete a seguir creciendo y madurando como cristianos para seguir el ejemplo de Jesús, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien… porque Dios estaba con Él. Nosotros hemos recibido el mismo Espíritu que bajó sobre Jesús, Él nos ha “marcado” y ese carácter debemos manifestarlo en nuestras palabras y obras y en el estilo con que las realizamos, porque uno de los indicios por los que se debería notar que una persona es cristiana es el modo en que se desenvuelve en su vida cotidiana y en su relación con los demás: No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará… Apliquemos esto a hechos concretos de nuestro día a día, y descubriremos cuántas ocasiones tenemos para que se nos note el Bautismo y la “marca”, el carácter que nos confiere.
ACTUAR:
¿Se me nota el ambiente en que he crecido, la educación recibida, el trabajo que realizo…? ¿Me siento “marcado” por el Bautismo, tengo presente todo lo que he recibido, se me nota en mi vida cotidiana, en mis palabras, pensamientos, decisiones y acciones? ¿Vivo la fe de forma cómoda y rutinaria, o participo en lo que me permite crecer y madurar en la fe?
Con la fiesta del Bautismo del Señor termina el tiempo de Navidad. Mañana iniciamos el Tiempo Ordinario, lo cual no significa que sea de menor importancia. Precisamente es en el día a día donde debemos manifestar nuestro Bautismo para continuar, como hijos amados del Padre y “marcados” con la fuerza del Espíritu Santo, la misión evangelizadora que Cristo nos ha encomendado.
