Qué pocos somos…

VER:
En una calle en la que difícilmente caben dos coches, una persona dejó su vehículo sin acercarlo suficientemente a uno de los lados, lo que provocó que otro no pudiera pasar y pronto se formó un importante atasco. A pesar del escándalo que se organizó, la persona que había dejado mal el vehículo no se apresuró en volver, lo hizo andando como si tal cosa y se limitó a subir a su vehículo y marcharse sin pedir disculpas. Comentando la situación, una persona dijo a otra: “¡Qué pocos somos los que pensamos en los demás!” Esta situación se repite en muchos ámbitos de la vida cotidiana, los ejemplos serían interminables: cada vez más personas van a la suya sin importarles los demás, y las cada vez menos personas que sí lo hacen se sienten impotentes ante la avalancha de mala educación y faltas de respeto, y también se sienten frustradas porque, en la práctica, quienes sólo piensan en sí mismos son los que se salen con la suya y “no pasa nada”.
JUZGAR:
Sin embargo, hoy la Palabra de Dios nos vuelve a hacer una llamada a vivir pensando en los demás. Lo hemos escuchado en la 1ª lectura: Buscad la justicia, buscad la humildad… y ya advierte que los que se comporten así van a ser pocos: Dejaré en ti un resto… el resto de Israel no hará más el mal, no mentirá ni habrá engaño en su boca.
Y Jesús, en el Evangelio, recoge esta llamada y expone el programa de vida de quien quiera ser verdadero discípulo suyo: ser pobre en el espíritu frente a la prepotencia, ser manso frente a la agresividad, saber llorar frente a la dureza y frialdad, tener hambre y sed de justicia frente a la corrupción, ser misericordiosos frente a la indiferencia, ser limpios de corazón frente a la falsedad, trabajar por la paz frente a tanta violencia, aceptar ser perseguidos por ser justos frente a la falta de compromiso por cobardía. Y, sobre todo, no vivir la fe en Él de un modo intimista, oculto, porque nos da vergüenza que otros nos cuestionen o rechacen.
Jesús llama “bienaventurados” a quienes se comporten de este modo, pero sabe muy bien que, aunque al proclamar las Bienaventuranzas tiene delante un gentío impresionante, a la hora de la verdad serán pocos los que quieran vivir el estilo de vida que Él propone, como recoge el evangelista san Juan: Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” Y muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con Él. (Jn 6, 60.66)
Si pensamos sólo en el plano humano, y más aún en estos tiempos que vivimos, la experiencia nos demuestra que el esfuerzo que tantos cristianos han hecho por vivir de acuerdo con las Bienaventuranzas no ha producido efectos realmente transformadores; más bien la impresión que se tiene es que todo va cada vez peor, y los cristianos cada vez somos menos y más mayores.
Pero, si decimos que somos cristianos, no debemos ver sólo el plano humano, sino también hemos de aprender a “ver” desde la fe, y por eso Jesús, en los respectivos “porque…”, nos ha ofrecido la razón última por la que hemos de vivir de acuerdo con las Bienaventuranzas, aunque seamos pocos el conjunto de la sociedad. Algunos de estos “porque…” están en futuro: heredarán la tierra, serán consolados, quedarán saciados, alcanzarán misericordia, verán a Dios, serán llamados hijos de Dios… pero esto no es un modo de ofrecer vanas ilusiones en un hipotético más allá, sino una llamada a la esperanza, como hemos visto en el Jubileo. Aunque aquí todavía no veamos los frutos de nuestros esfuerzos por vivir las Bienaventuranzas, Dios nos garantiza el cumplimiento final en plenitud.
Y, para que no quede todo en un futuro incierto, la primera y octava Bienaventuranzas, que por así decir “encierran” a las demás, nos ofrecen en presente la razón para vivirlas, y la misma en las dos: porque de ellos es el reino de los cielos. Aunque seamos pocos, aunque no veamos avances significativos, el hecho de vivir así ya nos hace disfrutar desde ahora lo que es y significa el reino de los cielos.
ACTUAR:
Es verdad que somos pocos, y que entre nosotros, como decía san Pablo, no hay muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos… Somos gente normal, débil, que no cuenta… Pero, precisamente por ello, y por lo mal que está todo, el Señor cuenta con nosotros para que, viviendo las Bienaventuranzas, sembremos las semillas del Reino que ya poseemos, y un día nuestra recompensa será grande en el cielo.
