Deseo y pasión.

VER:
El deseo y la pasión son dos fuerzas, psicológicas y físicas, muy fuertes y en ocasiones incontrolables. Son constitutivas del ser humano pero, lamentablemente, las hemos reducido sólo al aspecto sexual y por eso las rodeamos de connotaciones negativas y sospechosas de pecado. En realidad, el deseo y la pasión son dos fuerzas que deberían movernos, sobre todo, en los aspectos más importantes de nuestra vida. El deseo es el movimiento afectivo hacia algo que se apetece, y la pasión es una inclinación muy viva hacia alguien o hacia algo. Y cuando algo lo deseamos de verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele tiempo y esfuerzo para alcanzarlo y disfrutarlo.
JUZGAR:
Hoy comenzamos el tiempo de Cuaresma. Para la mayoría de la gente, esto ya no significa nada, desconocen totalmente qué es y para qué vivimos este tiempo. Otros tienen una ligera idea y lo identifican con algo oscuro, triste… Incluso quienes habitualmente participamos en la vida de la Iglesia lo primero que pensamos respecto a la Cuaresma es en penitencias, ayunos, abstinencias, Via Crucis… y hacemos todo esto pero “porque es lo que toca”, pero sin que nos afecte mucho; y también corremos el peligro de creer que es “lo de todos los años”, y no vivirlo como novedad.
Hoy el Señor nos invita a vivir la Cuaresma con deseo y pasión. Ante todo, porque no olvidemos que Él, como verdadero hombre, experimentó también con fuerza el deseo y la pasión: el deseo intenso de cumplir la voluntad de su Padre, el deseo intenso de nuestra salvación; y este deseo lo vivió con pasión, en sus palabras y en sus obras, sin echarse atrás por el rechazo y los enfrentamientos, hasta culminar en su Pasión y muerte en la Cruz.
El tiempo de Cuaresma es el tiempo de conversión por excelencia, el tiempo para volvernos más hacia Dios, como hemos escuchado en la 1ª lectura: Convertíos a mí… Pero hemos de desear con fuerza esa conversión: de todo corazón. Y no de una manera superficial, sino con pasión: con ayunos, llantos y lamentos… rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos. La conversión ha de ser apasionada, ha de “afectarnos”, hemos de vivirla desde lo profundo de nuestro ser, desde el corazón.
Ese deseo y pasión por volvernos hacia el Señor pondrá de manifiesto el reconocimiento de cómo nos hemos alejado de Él, y saldrá de nosotros la súplica sincera que hemos repetido en el Salmo: borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado, renuévame por dentro con espíritu firme…
El deseo y pasión por convertirnos hemos de concretarlos en nuestra vida cotidiana y, en el Evangelio, Jesús nos ha dado esas tres posibilidades: la limosna, la oración y el ayuno.
La limosna, no tanto monetaria como personal: “dar-me”, ofrecerme, sin esperar a que me llamen.
La oración, no tanto “rezos” sino diálogo con Dios, sin prisas, de mi corazón a Su corazón.
El ayuno, no tanto de alimentos sino de lo que llena mi vida y no deja sitio ni a Dios ni al prójimo.
Los gestos y acciones en los que se concretan la limosna, la oración y el ayuno los hemos de realizar con deseo y pasión, pero no como si fuéramos los personajes de una novela o película, como nos ha advertido Jesús: Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos. Precisamente porque el deseo y la pasión por convertirnos han de surgir de nuestro corazón, es ahí, en esa intimidad nuestra con Dios, donde hemos de vivirlos: que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha… entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre… perfúmate la cabeza y lávate la cara… Y así tu Padre, que ve en lo secreto… que está en lo escondido, te recompensará.
ACTUAR:
¿Qué despierta habitualmente mi deseo, qué me apasiona? ¿Siento deseo y pasión por convertirme al Señor? ¿Cómo y con quién voy a concretar la limosna, la oración y el ayuno?
Como ha dicho san Pablo en la 2ª lectura: es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. Precisamente porque para la mayoría de gente la Cuaresma ya no significa nada o ha quedado reducida a lo puramente externo, nosotros hemos de vivirla con verdadero deseo y pasión.
Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. Que la imposición de la ceniza sea signo de que verdaderamente queremos convertirnos, que queremos volvernos más hacia el Señor, para vivir cada día, siguiendo el Evangelio, con el mismo deseo y pasión con que Él lo anunció y vivió.
