Reavivar el deseo y la pasión.

VER:
El Miércoles de Ceniza dijimos que el deseo y la pasión son dos fuerzas, psicológicas y físicas, muy fuertes y constitutivas del ser humano pero que, lamentablemente, las hemos reducido sólo al aspecto sexual y por eso las rodeamos de connotaciones negativas y sospechosas de pecado. Pero el deseo y la pasión son dos fuerzas que deberían movernos, sobre todo, en los aspectos más importantes de nuestra vida: el deseo es el movimiento afectivo hacia algo que se apetece, y la pasión es una inclinación muy viva hacia alguien o hacia algo. Y cuando algo lo deseamos de verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele tiempo y esfuerzo para alcanzarlo y disfrutarlo. Pero sabemos por experiencia que, con el paso del tiempo, el deseo y la pasión por algo o alguien suelen ir apagándose y, en ocasiones, acaban desapareciendo.
JUZGAR:
También dijimos que el Señor nos invita a vivir la Cuaresma con verdadero deseo y pasión, ante todo, porque Él, como verdadero hombre, experimentó también con fuerza el deseo y la pasión: el deseo intenso de cumplir la voluntad de su Padre por nuestra salvación; y este deseo lo vivió con pasión, en sus palabras y en sus obras, hasta culminar en su Pasión y muerte en la Cruz. Por eso, nosotros debíamos responder con deseo y pasión a la petición que nos hizo: Convertíos a mí…
Pero, como vimos el domingo pasado, al igual que nos ocurre en nuestra vida con cosas y personas, también en la vida de fe tenemos la tentación de que se nos enfríe ese deseo y pasión por vivir la Cuaresma, por convertirnos.
Es lo que ocurrió a los discípulos. El pasaje que hemos escuchado hoy en el Evangelio es el comienzo del capítulo 17 de Mateo; inmediatamente antes, en el final del capítulo 16, Jesús había comenzado a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Y Jesús, después de reprender a Pedro, dijo a los discípulos: «El que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». Jesús se da cuenta de que la pasión y el deseo de los discípulos corren el peligro de enfriarse, y por eso, tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Jesús se transfigura para reavivar el deseo y la pasión de los discípulos, haciéndoles vivir una experiencia de lo que será la manifestación plena de su gloria, y consigue que Pedro exclame: Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Una experiencia que, tras la resurrección de Jesús, les servirá para impulsar su deseo y pasión por anunciar el Evangelio.
También a nosotros el Señor nos ofrece “experiencias de transfiguración” para reavivar el deseo y la pasión por vivir la Cuaresma, por convertirnos; son momentos muy personales y especiales de encuentro con Dios, a veces muy sencillos: una celebración, un tiempo de oración, una lectura, una conversación con alguien… que nos hacen sentir, como a Pedro: Señor, ¡qué bueno…!
Estos momentos de transfiguración no eliminan las dificultades de la vida guiada por la fe, ni los otros problemas de la vida, pero nos dan fuerzas para afrontarlos con nuevo ánimo, porque reavivan nuestro deseo y pasión por seguir a Jesús.
Y, para que no se quede sólo en una experiencia puntual, los discípulos también reciben un mandato, una voz desde la nube decía: Éste es mi Hijo, en quien me complazco. Escuchadlo. Para reavivar el deseo y la pasión por seguir a Jesús es necesario escucharlo, prestar atención a su Palabra, leyendo y reflexionando al menos las lecturas de la Eucaristía diaria y las dominicales, porque en ellas el Señor nos está hablando de Él y de su mensaje de salvación para cada uno de nosotros.
ACTUAR:
¿He experimentado que mi deseo y pasión por algo o alguien se ha ido apagando con el tiempo? ¿A qué se debió? ¿Mantengo el deseo y la pasión por vivir la Cuaresma, por convertirme al Señor?
Para reavivar nuestro deseo y pasión por vivir la Cuaresma, por convertirnos, el Señor nos regala experiencias de transfiguración: aprovechémoslas, porque hacen que, como Abrán en la 1ª lectura, nos decidamos a “salir de nuestra tierra”, de lo conocido, de la rutina y la comodidad. Y, como decía san Pablo en la 2ª lectura, tomaremos parte con verdadero deseo y pasión en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios nos dé, para seguir viviendo y anunciando su salvación.
