La pasión se desata.

VER:
Desde el inicio de la Cuaresma hemos visto que el deseo y la pasión son dos emociones muy fuertes y constitutivas del ser humano pero, lamentablemente, las solemos reducir sólo al aspecto sexual y por eso las rodeamos de connotaciones negativas y sospechosas de pecado. En realidad, el deseo y la pasión son dos fuerzas que deberían movernos, sobre todo, en los aspectos más importantes de nuestra vida, porque cuando algo lo deseamos de verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele tiempo y esfuerzo para alcanzarlo y disfrutarlo. Pero es cierto que a veces la pasión, en lo que sea, se desata, se convierte en una emoción exaltada y desenfrenada que nos arrastra sin control.
JUZGAR:
También hemos visto que el Señor nos invitaba a vivir la Cuaresma con verdadero deseo y pasión, porque Él, como verdadero hombre, experimentó también con fuerza el deseo y la pasión: el deseo intenso de cumplir la voluntad de su Padre por nuestra salvación; y este deseo lo vivió con pasión, en sus palabras y en sus obras, hasta culminar en su Pasión y muerte en la Cruz; pero esa pasión de Jesús no se desató en ningún momento, la vivió de un modo plenamente libre y consciente.
Porque cuando la pasión se desata, puede ocurrir lo que hoy hemos escuchado en la Palabra de Dios, tanto en el Evangelio de la entrada del Señor en Jerusalén como en el relato de la Pasión.
Cuando Jesús se dispone a entrar en Jerusalén, la multitud, enfervorizada, alfombró el camino con sus mantos, algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: ¡“Hosanna” al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡“Hosanna” en las alturas! la pasión por Jesús se ha desatado y arrastra a la gente de un modo arrollador: Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea. Pero, poco después, como también hemos escuchado, esa misma gente se deja manipular en sus sentimientos y se dejarán arrastrar por una pasión contra Jesús: Los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús… Gritaban más fuerte: ¡Sea crucificado! Cuando dejamos que el deseo y la pasión se desaten de un modo irreflexivo, lo más probable es que las consecuencias sean negativas, y esto sirve para todas las dimensiones de la vida humana, incluyendo por tanto la dimensión de la fe.
En este sentido, la Comisión para la Doctrina de la Fe, de la Conferencia Episcopal Española, ha publicado recientemente una nota que lleva por título “Cor ad cor loquitur” (El corazón habla al corazón), sobre el papel de las emociones en el acto de fe: «Los sentimientos juegan un papel importante en la vida humana y espiritual. La fe cristiana, arraigada en la encarnación, no los puede ni dejar de lado ni ignorar. Dios nos alcanza también en nuestro sentir, en nuestra subjetividad, en nuestra intimidad, en nuestra emocionalidad. Sin embargo, los sentimientos no pueden determinar toda o casi toda la vida cristiana.» Porque, como indica esta Comisión, «en los últimos años se aprecian signos que indican un renacer de la fe cristiana. La Iglesia valora la creatividad de diversas iniciativas de primer anuncio que el Espíritu Santo ha suscitado para facilitar a tantas personas el encuentro con Cristo o la revitalización de su fe. En todos estos métodos, en mayor o menor grado, tienen un peso importante las emociones y los sentimientos, que provocan un primer “impacto” en la persona. Sin embargo, no son pocos los que han advertido del riesgo de un reduccionismo “emotivista” de la fe, que lleva a muchas personas a convertirse en consumidoras de experiencias de impacto y buscadoras insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual.»
En estos días de Semana Santa, y particularmente en este Domingo de Ramos, es muy fácil que “la pasión se desate”, y nos dejemos arrastrar por lo emotivo de la procesión de los ramos; muchas personas sólo acuden hoy al templo para recoger un ramo que haya sido bendecido, porque eso es lo que “complace su sentimiento espiritual”. Pero realmente no desean seguir a Jesús y, como hicieron los discípulos, lo abandonan, no sólo durante la Semana Santa, sino todo el resto del año.
ACTUAR:
Vivamos con deseo y pasión nuestra fe, pero sin que esa pasión se desate, como Jesús, en lo que nos “complace” y en lo que nos resulta más difícil. La Semana Santa es como un “Primer Anuncio”, la oportunidad para revitalizar nuestro seguimiento, recordando que «el anuncio de Cristo no busca de modo directo provocar sentimientos, sino testimoniar un acontecimiento que ha transformado la historia y es capaz de transformar la existencia de todo ser humano ocupando el centro de su vida: que «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Éste es el gran impacto que renueva la mente y el pensamiento, amplía el horizonte de la libertad y ofrece un nuevo sentido a la vida.»
