La pasión puede morir.

VER:
Nos propusimos vivir la Cuaresma, y ahora especialmente la Semana Santa, con verdadero deseo y pasión, porque el Señor, como verdadero hombre, experimentó también con fuerza el deseo y la pasión: el deseo intenso de cumplir la voluntad de su Padre por nuestra salvación; y este deseo lo vivió con pasión, en sus palabras y en sus obras, hasta culminar en su Pasión y muerte en la Cruz. Cuando algo lo deseamos de verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele tiempo y esfuerzo para alcanzarlo y disfrutarlo; pero sabemos también que a veces esa pasión se debilita y acaba muriendo, por varias razones: rutina, cansancio, desengaño, falta de comunicación…
JUZGAR:
Hoy, Viernes Santo, contemplamos a Jesús en su Pasión y Muerte. Como celebramos ayer, su amor hasta el extremo le ha llevado hasta ahí, hasta ese amor consumado en la Cruz. Y, al escuchar el relato de la Pasión, contemplando especialmente a Pedro, hemos de preguntarnos por el estado de nuestra pasión por Jesús, si también se ha debilitado y “está muriendo”.
Pedro era un apasionado por Jesús, lo podemos comprobar en varios pasajes de los Evangelios. En ocasiones, esa pasión le llevó a ser demasiado impulsivo y le valió alguna reprimenda de Jesús: Cuando Jesús les anuncia su pasión, Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo, pero Él se volvió e increpó a Pedro: ¡Aléjate de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios! (Mc 8, 32-33); y ayer vimos que, cuando Jesús va a lavarle los pies, Pedro le dice: No me lavarás los pies jamás, y se lleva otra reprimenda de Jesús: Si no te lavo, no tienes parte conmigo. Después, durante la Cena, cuando Jesús le dice que adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde, Pedro replicó: Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daría mi vida por ti. Y Jesús le contestó: ¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces (Jn 13, 36-38). Y acabamos de escuchar que, en el momento del prendimiento, Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Y Jesús de nuevo lo detiene en seco: Mete la espada en la vaina.
Pedro sentía pasión por Jesús, pero era una pasión muy emocional, no madurada, y por eso, en el momento de la prueba, al preguntarle si es de los discípulos de Jesús, Pedro responde negándolo.
Hoy miramos a Jesús Crucificado pero situándonos al lado de Pedro. Como él, también nos hemos sentido llamados de algún modo a seguir a Jesús, y hemos respondido, y en etapas de nuestra vida también nos hemos apasionado por Jesús, hemos vivido momentos de impulso, de energía, incluso de exaltación. Pero ahora, al contemplar su Pasión y muerte en la Cruz, ¿seguimos sintiendo pasión por Él, o nos damos cuenta de que esa pasión se ha ido debilitando, que no es madura?
Quizá hemos caído en la rutina, tanto en la oración como en la celebración y la formación; o bien sufrimos cansancio por los compromisos que llevamos a cabo, y que a menudo suponen mucho esfuerzo y ningún fruto visible; o quizá alguna circunstancia personal nos afecta de forma negativa y nos sentimos desengañados de Jesús…
Mirando a la Cruz, ¿reaccionamos como Pedro, “pensamos como los hombres, no como Dios”, y la rechazamos totalmente? ¿También, como Pedro, decimos interiormente a Jesús: No me lavarás los pies jamás, porque en realidad lo que no queremos es tener que hacer nosotros lo mismo con otros, no queremos vivir desde el servicio? ¿Quizá somos muy valientes para afirmar nuestra fe en ambientes favorables, o para “defenderla” a capa y espada en foros y redes sociales, pero en cuanto nos encontramos realmente cuestionados guardamos silencio o incluso negamos conocer a Jesús?
ACTUAR:
Hoy nos damos cuenta de que todos podemos ser Pedro: por múltiples razones y circunstancias, corremos el peligro de que nuestra pasión por Jesús muera y acabemos hasta negando conocerle.
Pero la celebración de hoy también nos recuerda que la Cruz es la mayor manifestación del amor apasionado de Jesús por nosotros. Por eso, no huyamos de Él: cuando nos acerquemos a venerar la Cruz, pidámosle de corazón que encienda de nuevo nuestra pasión por Él, porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia.
