Conversión personal y conversión pastoral.

VER:
Desde hace unos meses, en la Diócesis de Valencia estamos realizando un proceso de reflexión y sensibilización de cara a la elaboración de unas futuras orientaciones pastorales diocesanas, que puedan servir de guía para la vida de la diócesis durante los próximos años. La finalidad de las orientaciones pastorales es que las parroquias inicien una conversión pastoral para ser comunidades vivas, capaces de engendrar discípulos misioneros, ofreciendo unos criterios comunes con los que todos nos podamos sentir identificados y que nos permitan afrontar los retos del momento presente para desarrollar la misión evangelizadora en el contexto actual.
JUZGAR:
Para realizar esta reflexión se ha editado un material, “Dad el fruto que pide la conversión”, cuyo tema 2 lleva por título “Necesidad de transformación en un «cambio de época»”. Estamos necesitados de una conversión pastoral en la diócesis porque «vivimos un cambio de época. Han cambiado las convicciones profundas desde las que las personas miran la vida, buscan la felicidad, entienden lo sagrado y se relacionan con Dios y con los demás. Durante siglos, la pastoral de la Iglesia se desarrolló en un contexto cultural “cristiano”, pero hoy muchas personas han crecido sin referencias cristianas. A menudo no han escuchado nunca el Evangelio de forma viva y cercana. Por eso, no basta con mantener las mismas estructuras y actividades de siempre: han cambiado las personas por dentro y su manera de entender el mundo. Y, si cambia el mundo, también tiene que cambiar la manera en que la Iglesia anuncia el Evangelio y acompaña a las personas: a esto lo llamamos “conversión pastoral”.»
Por tanto, la conversión pastoral nace de la certeza de que la nueva época necesita caminos nuevos para el anuncio del Evangelio. Y esto no es algo nuevo, ha ocurrido varias veces a lo largo de la historia de la Iglesia, y san Vicente Ferrer, que impulsó una “conversión pastoral” en su tiempo, nos ayuda a vivir la de ahora.
San Vicente sintió una gran preocupación por las cuestiones de la vida política y social de su época: el Cisma de Occidente, enfrentamientos en la Corona de Aragón y el Compromiso de Caspe, violencia ciudadana, calamidades naturales, pestes, guerras, miseria, hambrunas… San Vicente no permaneció encerrado en los límites del convento, sino que quiso que la fe iluminase esa realidad.
Era consciente de que la encarnación de la Palabra de Dios en aquella sociedad exigía un urgente cambio radical de costumbres en el clero, los religiosos y el resto del pueblo cristiano. Por eso, el tema de sus sermones era de “penitencia y reforma”, o de “penitencia y conversión”.
San Vicente Ferrer insistía en que el primer paso es la conversión personal, la renovación interior, para afrontar después la conversión pastoral, la reforma de las instituciones eclesiales. Se le representa levantando el brazo derecho y con el dedo índice extendido, señalando al cielo y con una filacteria que reza: “Timete Deum et date illi honorem…” “Temed a Dios y dadle gloria”, frase que dice uno de los ángeles del Apocalipsis, como hemos escuchado en la 1ª lectura. Y en el centro de su predicación estaba el amor a Jesucristo, que lleva a su seguimiento, a vivir al estilo de Jesucristo. «El fundamento de toda renovación eclesial y personal no es una idea o una moral, sino un acontecimiento, el encuentro con una Persona: Jesucristo. Y, desde este encuentro, la conversión personal implica un movimiento de “salida desde sí mismo”.»
En este tiempo de reflexión, san Vicente Ferrer nos enseña «que la conversión de la acción pastoral de la Iglesia no puede ser un mero ajuste técnico o estratégico, sino que requiere, ante todo, una profunda conversión del corazón y de la mente de cada creyente. Sin esta conversión personal, cualquier reforma estructural está destinada al fracaso; la conversión de las estructuras eclesiales es una consecuencia necesaria de la conversión del corazón: no sólo cambiar métodos pastorales, sino renovar nuestras ganas de amar, servir y vivir la fe juntos, en comunión y corresponsabilidad.»
ACTUAR:
Celebrar a san Vicente Ferrer ha de animarnos a sabernos partícipes de la conversión personal y pastoral que requiere nuestra tarea como discípulos misioneros. Y, si no lo hemos hecho ya, incorporémonos a los grupos de reflexión que se han creado para llevar este proceso de conversión. «El cambio de época que vivimos es una oportunidad.» Como san Vicente Ferrer, preguntémonos: «¿Cómo mostrar a Jesús de manera que los hombres y mujeres de hoy puedan reconocer en Él la respuesta a sus deseos más profundos de libertad, sentido, justicia, amor y alegría? Responder a esta pregunta exige que la Iglesia entera —pastores y laicos, comunidades y movimientos— se ponga en actitud de escucha, discernimiento y renovación, dejándose guiar por el Espíritu. Es una invitación a salir de lo conocido, a buscar y construir estilos de comunidad y comunicación basados en el encuentro, el apoyo mutuo y la misericordia. Así podremos transformar nuestras costumbres y lenguajes para que todos, hoy y aquí, puedan recibir la Buena Noticia de Jesús Resucitado.»
