Una santidad encarnada.

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Hace poco, escuchando a una persona bastante culta, agnóstica, vi que uno de los prejuicios tópicos hacia los cristianos, que está muy presente, es que centramos nuestra atención en la vida eterna y por eso no valoramos las realidades del mundo, nos evadimos de ellas e incluso las despreciamos. Es innegable que algunos viven su fe de un modo “cerrado”, y sienten desconfianza y rechazo hacia “el mundo”, como un obstáculo para alcanzar la vida eterna. Pero algo que ha ido avanzando, lentamente pero con fuerza, desde el Concilio Vaticano II es lo que dice el comienzo de la constitución “Gaudium et spes”: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.» (1)
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