Centrémonos.

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En más de una ocasión hemos experimentado que estamos descentrados: hacemos las cosas pero por dentro notamos que estamos desorientados, dispersos, alterados… y esto termina repercutiendo también en nuestros actos y relaciones, y los demás acaban notando que algo nos ocurre, que estamos descentrados. A veces hay una causa objetiva: nos ha ocurrido algo que provoca ese estado, y podemos afrontarlo directamente; pero otras veces no sabemos a qué se debe y, por tanto, tampoco sabemos cómo volver a centrarnos de nuevo. Y esto mismo nos ocurre en la vida de fe: nos sentimos descentrados, nos cuesta la oración, la Palabra ya no provoca en nosotros lo mismo que antes, perdemos el interés, los compromisos se vuelven una carga…
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