Ante la realidad de la muerte, las posturas que se adoptan son diversas: desde la afirmación de que ahí termina todo, hasta las respuestas que dan las distintas religiones, pasando por una actitud de no querer pensar en la muerte o tratar de ocultarla. Pero la realidad de la muerte, lo queramos o no, se hace presente en nuestras vidas y nos pone frente al mayor misterio de la existencia humana.
Hace poco, escuchando a una persona bastante culta, agnóstica, vi que uno de los prejuicios tópicos hacia los cristianos, que está muy presente, es que centramos nuestra atención en la vida eterna y por eso no valoramos las realidades del mundo, nos evadimos de ellas e incluso las despreciamos. Es innegable que algunos viven su fe de un modo “cerrado”, y sienten desconfianza y rechazo hacia “el mundo”, como un obstáculo para alcanzar la vida eterna. Pero algo que ha ido avanzando, lentamente pero con fuerza, desde el Concilio Vaticano II es lo que dice el comienzo de la constitución “Gaudium et spes”: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.» (1)
Especialmente desde hace unos años, las instituciones políticas, educativas, sociales, y también empresas y otros colectivos, están desarrollando lo que se denomina una política de inclusión. Se trata de establecer estrategias, normas y acciones que buscan asegurar que todas las personas, sin importar su origen, género, discapacidad, orientación sexual o condición socioeconómica, tengan las mismas oportunidades para participar activamente en la sociedad y en las instituciones.