¿Cómo se lo digo?

VER:
En las relaciones humanas a veces se producen desencuentros, discrepancias… y sabemos que debemos hablarlo con la otra persona, pero no sabemos cómo hacerlo. Nos preguntamos: “¿Cómo se lo digo?” Porque si lo decimos en un tono demasiado suave, quizá la otra persona no se dé cuenta de la gravedad del problema y de cómo nos afecta; y, si lo hacemos de un modo más agresivo, podemos provocar una reacción de enfado y rechazo. Una tentación es dejar pasar el tiempo sin decir nada, pero esto no soluciona el problema, más bien lo agrava.
JUZGAR:
Sabemos que la fe se nos tiene que notar en todos los aspectos y dimensiones de nuestra vida, por tanto, también en las relaciones humanas y en el modo de comunicarnos con los demás. Y se nos tiene que notar, sobre todo entre quienes compartimos la misma fe. Es inevitable que entre cristianos surjan discrepancias y desencuentros, y también nos preguntamos: “¿Cómo se lo digo?”
Por eso, hoy la Palabra de Dios nos ofrece algunas pistas:
La primera es que, si el asunto es importante, no hemos de posponerlo ni, menos aún, callarnos. En la 1ª lectura el Señor decía a Ezequiel: Si tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta… a ti te pediré cuenta. Pero si tú adviertes al malvado… habrás salvado la vida. A la hora de hablar con la otra persona, no hemos de pensar tanto en su posible reacción, ni temerla; si con sinceridad, desde la oración y reflexión, tenemos la certeza de que debemos hablar con ella, no debemos callarnos o desentendernos, porque quizá necesite de nosotros para darse cuenta de lo que está haciendo. Y hemos de hacerlo por su propio bien y también por el nuestro.
La respuesta a “¿Cómo se lo digo?” no afecta sólo a las palabras a utilizar, sino también al modo de decírselo. En el Evangelio Jesús nos ha enseñado el proceso que debemos seguir:
Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. El primer paso ha de ser una conversación de tú a tú, en privado, para llegar a un encuentro.
Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos… Quizá sentimos que la situación nos supera y no sabemos cómo orientarla, y necesitamos ayuda de personas de confianza. No se trata de hacer público el problema, sino de seguir buscando el encuentro.
Si no les hace caso, díselo a la comunidad… A veces el hecho puede tener repercusiones que afectan a más personas, ya sea en la familia, en la comunidad parroquial, grupo, asociación… por lo que se hace necesario dárselo a conocer, para que puedan también intervenir.
Y si no hace caso ni siquiera a la comunidad… Si, después de haber dado estos pasos, la persona sigue sin recapacitar, podremos dejar ya de insistir, con la conciencia tranquila.
Pero, aunque hayamos seguido este proceso, corremos el peligro de creernos “los buenos” y erigirnos en jueces y emitir una “sentencia condenatoria”. Por eso, el elemento fundamental de la respuesta a “¿Cómo se lo digo?” lo ha indicado san Pablo en la 2ª lectura: A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo. La motivación primera y principal para hablar al otro es el amor, y por eso nos ha recordado: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Desde el amor a Dios, queremos amar al prójimo como a nosotros mismos, queremos su bien tanto como nos gustaría que los demás quisiesen nuestro bien. Si tenemos bien presente esto, aunque no sea fácil y nos preguntemos: “¿Cómo se lo digo?”, la respuesta viene inmediatamente: con amor. Y por amor y con amor haremos el proceso que Jesús indica, porque el amor no hace mal a su prójimo.
ACTUAR:
¿Me he visto en la situación de tener que hablar con otra persona de un tema grave, me planteé “cómo se lo digo”? ¿Hablé o preferí callar? ¿Entiendo el proceso que Jesús nos indica, estoy dispuesto a ponerlo en práctica con y por amor a Dios y al prójimo?
Cuando nos tengamos que hacer la pregunta: “¿Cómo se lo digo?” el primer paso será ponernos en oración y pedir al Señor que sepamos hablar con y por amor, que su Espíritu ponga en nuestros labios las palabras oportunas, que si es necesario haya personas que nos acompañen y ayuden, para que poder llegar al encuentro con la otra persona y que así los dos podamos salvar nuestra vida.
