



Qué pocos somos…

VER:
En una calle en la que difícilmente caben dos coches, una persona dejó su vehículo sin acercarlo suficientemente a uno de los lados, lo que provocó que otro no pudiera pasar y pronto se formó un importante atasco. A pesar del escándalo que se organizó, la persona que había dejado mal el vehículo no se apresuró en volver, lo hizo andando como si tal cosa y se limitó a subir a su vehículo y marcharse sin pedir disculpas. Comentando la situación, una persona dijo a otra: “¡Qué pocos somos los que pensamos en los demás!” Esta situación se repite en muchos ámbitos de la vida cotidiana, los ejemplos serían interminables: cada vez más personas van a la suya sin importarles los demás, y las cada vez menos personas que sí lo hacen se sienten impotentes ante la avalancha de mala educación y faltas de respeto, y también se sienten frustradas porque, en la práctica, quienes sólo piensan en sí mismos son los que se salen con la suya y “no pasa nada”.
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Saturados de palabras.

VER:
Una experiencia muy común es que estamos saturados de palabras, ya sean habladas o escritas. Cada día nos llegan multitud de mensajes, escuchamos y vemos noticias, leemos titulares… pero normalmente vamos pasando con rapidez de uno a otro, y los leemos o escuchamos por encima. Muy pocos logran captar de verdad nuestro interés y que nos detengamos a atender lo que nos están transmitiendo.
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