


“Tú, Señor, eres mi esperanza”.

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Algo que estamos experimentando con fuerza en este siglo XXI es nuestra fragilidad y vulnerabilidad: crisis económica, catástrofes naturales cada vez más violentas, la pandemia del coronavirus, guerras, consecuencias del cambio climático… En cualquier momento y por muchas circunstancias nuestra vida puede dar un vuelco y, como dijo el Papa Francisco en su oración extraordinaria durante la pandemia, «esto deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades». Pero, a la vez, esta conciencia de fragilidad y vulnerabilidad puede tener un aspecto positivo: «Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente.»
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Fiesta desconocida.

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A menudo en nuestras ciudades hay estatuas y monumentos, o nombres de calles, de las que sabemos solamente eso, el nombre, pero no conocemos su historia ni la razón por la cual han merecido ser destacadas de ese modo: oímos, leemos o decimos esos nombres, pero no significan nada para nosotros, ni vemos qué relación pueden tener con nuestra vida.
Sigue leyendoCreo en la vida eterna.

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Ante la realidad de la muerte, las posturas que se adoptan son diversas: desde la afirmación de que ahí termina todo, hasta las respuestas que dan las distintas religiones, pasando por una actitud de no querer pensar en la muerte o tratar de ocultarla. Pero la realidad de la muerte, lo queramos o no, se hace presente en nuestras vidas y nos pone frente al mayor misterio de la existencia humana.
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